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6.8.08

Octavia de Cádiz con el viento a favor

Hay unas cuantas supersticiones con respecto a los viajes que podemos o no compartir pero que están ahí. La primera reza que no debemos regresar al lugar donde hemos sido felices. La segunda recomienda mantener en nuestros sueños ese lugar que deseamos profundamente conocer. En ambos casos el objetivo es evitarnos una (supuesta) decepción.

En la adolescencia era un tema frecuente hablar de los lugares que queríamos conocer en el futuro y Nueva York era mi primera opción. Algunos de mis amigos ya le han dado la vuelta al mundo y yo todavía estoy en pañales. Aun así, no me quejo. He estado en NY a los 21 años, a los 28 y a los 31, y cada viaje ha sido una experiencia de felicidad diferente, así que lo de no regresar, al menos a NY, para mi no vale para nada. A la primera de cambio regreso, evidentemente, y eso que soy supersticiosa.

Uno de los viajes que traje en mis sueños de Caracas a España era ir a las playas de Cádiz. No conocer el Taj Mahal. No cruzar el puente Carlos de Praga. No comprar una lámpara en Marrakech. Cádiz es un sueño que nació contradictoriamente, a propósito de una decepcionante historia de mi vida, cuando me bautizaron Octavia de Cádiz, como la mujer de la novela de Alfredo Bryce Echenique, continuáción de La exagerada vida de... Curioso que de una catástrofe sentimental pueda salir un buen sueño, pero cierto.

Durante estos años he alimentando el sueño de hacer un recorrido por Zahara de los Atunes, Barbate, Caños de Meca, Bolonia, Tarifa... He hecho mis pinitos. Al pisar España en el 2003 lo primero que hice fue alquilar un coche para bajar a la ciudad de Cádiz y en el 2006 fui a encontrarme con R&X en Tarifa para conocer a su hija. Araya. Aunque suelo darle vueltas de reconocimiento a los objetos de mi deseo antes de lanzarme al agua, un día me lanzo y este verano fue exactamente lo que hice. Con mi amado Chapulín Colorado y con Tieta hice ese recorrido de mis sueños. En la foto, está Tieta frente a las costas africanas. El viento soplaba a nuestro favor. Cruzo los dedos por volver.

29.11.07

Presente


A mi amigo Arturo, de toda la vida.

Hoy salí corriendo por la mañana después de tomarme un te, taparme bien las ojeras y pasear un rato con Tieta por el Retiro, con cuatro grados y una gripe bien descuidada. Cuando llegué a la parada las puertas del autobús estaban cerradas y el chofer se puso en marcha. Seguí corriendo unos cinco minutos más y tomé otro autobús, de otra línea que también me sirve. Abrí mi libro en la parte en que la pequeña Sara se prepara para su visita de los sábados a Manhattan, el lugar más atractivo e interesante de sus fantasías, donde vive Gloria Star, su abuela, una excantante de night clubs. En eso se subió una señora con más de 70 años, de punta en blanco y unas gafas verdes, gigantes. Llegué a la oficina a las 9, como tenía que ser.

En esta historia no hay nada de increíble, lo mejor es eso. Me di cuenta en el mismo momento. Esas tonterías de todas las mañanas constituyen la parte esencial de mi mundo. El otro mundo, el de las obligaciones, las expectativas, el sector inmobiliario, el decorado, las relaciones públicas, el sueldo bruto al año, los compromisos, el control de cambio en Venezuela, no me pertenece del todo, yo casi siempre soy una circunstancia.
Me sentí muy contenta al darme cuenta de que había algo en mi vida tan importante y tan pequeño, imperceptible, intensamente placentero. Tal vez eso sea posible porque en la mañana, a esa hora, todavía estoy medio dormida. Hay un corto período en el que no se ha encendido el motor, desde el que me conecto a la actualidad, al prójimo, a las calamidades, a los prejuicios y resentimientos, a la memoria, al porvenir, al deseo.

Mi amigo Arturo Serrano me decía en Caracas, hace más de diez años, que le gustaba la sensación de ir en el metro tempranito a trabajar, con su comida en un pequeño bolso plástico, y su libro. Por fin lo he entendido y por eso le dedico estas líneas.


El dibujo de Caperucita Roja es del ilustrador Gustave Dore. El libro que me estoy leyendo es Caperutita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite.

10.10.07

El síndrome de los escritores ansiosos

Cuando un libro se publica pasa a ser responsabilidad básicamente de dos departamentos en una editorial: ventas y comunicación. En algunas editoriales pasa a ser responsabilidad de dos personas, a falta de departamentos: el chico de ventas y la chica de prensa. El clásico es el dueño de la editorial que hace todo (lo que puede, claro).

Todo ese tinglado que se monta para que un libro tenga buena prensa y se venda es un trabajo bien duro. El libro que no llega a muchas mesas de novedades porque los libreros están saturados de novedades y los responsables de literatura de los medios reciben demasiados libros para el espacio que tienen disponible… El cuento de nunca acabar, pero aún así todos hacen su trabajo. El escritor escribe, el editor publica el libro, la de prensa de hacer la promoción…

Pero ¿qué pasa cuando un escritor tiene síndrome de ansiedad? Álvaro Colomer ha publicado un artículo en Qué Leer (Octubre 2007), donde describe muy bien una parte del mundo editorial que el lector no conoce (ni tiene por qué conocer) pero que es el pan nuestro de cada día dentro del sector. Un capítulo del making-of, digamos.

La historia comienza así: “Hay escritores que se convierten en auténticos neuróticos apenas publican la novela en la que han invertido años de esfuerzo. Quieren llegar al gran público sea como sea, motivo por el que se lanzan a acosar a las jefas de prensa de las editoriales con dos o tres llamadas diarias, mientras acuden a sus amigos periodistas suplicando una reseña y se cuelan de tapadillo en las librerías para recolocar sus libros en los puntos calientes”.

A mí, por supuesto, me encanta el tema de la jefa de prensa. Afortunadamente no todos los autores son así ni todos los periodistas te cuelgan el teléfono… ¿Alguien se ha parado a pensar fríamente para qué sirven la mayoría de las llamadas que les hacemos las chicas de prensa a los periodistas para saber si han recibido un libro y si lo van a reseñar? Sé perfectamente que no todos los libros son Harry Potter ni todas las autoras Madame J.K. Rowling y que la mayoría de los libros no se venden solos pero… ¿Por qué es tan importante para todos salir todavía en los suplementos culturales de los periódicos?

Se me ocurre que otros capítulos interesantes del making-of de los libros podrían ser:
1. No todas las críticas son buenas ni tienen que serlo. ¿Qué hacer con un autor desbordado ante una crítica desfavorable, justificada o injustificada?
2. Una buena crítica no hace que se produzcan más ventas. Un escritor me dijo un día: "autor de culto lo único que quiere decir es que no vendes nada".

27.9.07

Esconder un libro

Los libros de autoayuda y las telenovelas se parecen mucho. Las telenovelas tienen una gran audiencia y los libros de autoayuda dan esperanzas a las ventas del sector editorial. Ahora bien, nadie da un voto a favor de ellos.
El mejor ejemplo empieza por casa. Ismenia, la señora que me crió, veía todas las telenovelas sin verlas. Sabía con precisión el color del vestido con el que la amante de Gustavo Adolfo se había aparecido una noche en casa de su mujer para decir que estaba embarazada. Así con las tramas de todas las telenovelas. Sin embargo, si un día alguien le hacía una pregunta del tipo: ¿Ismenia, cuántas telenovelas sigues? Ella decía, con seguridad: ninguna, son todas malísimas.
Me parece que lo mismo pasa con los libros de autoayuda. Salimos de la librería con el último premio Nobel en la mano pero cuando nos deja el hombre de nuestras vidas y compramos: No le llames más, las cosas cambian drásticamente. Ese libro lo sacamos de la librería dentro de la bolsa y dentro del bolso y sólo al llegar a casa, en un rincón oscuro, lo sacamos para forrarlo en papel, preferiblemente doble, con el firme propósito de que nadie se entere en el metro del tipo de literatura que llevamos entre manos.
Por curioso que parezca la desaprobación y el ocultamiento de estas fuentes de recreación y salvación ocurren a espaldas de una premisa que supuestamente nos libera de toda condena, la premisa de que todo es cultura desde el siglo XX. Entonces, ¿por qué somos reacios a poner la novela de Alessandro Baricco junto al libro de Jorge Bucay en la estantería? ¿Doble moral?

Con todo esto empiezo a sacarme una vieja espina: escribir una apología del libro de autoayuda.

Continuaré.

19.7.07

María dos Prazeres

Hay un cuento de García Márquez que se llama María dos Prazeres, que me ha despertado la necesidad de estar preparada. Ella es una colombiana que ha hecho su vida en Barcelona, como prostituta. Cuando empieza a sentir que el final está a punto de llegar, quiere comprar una parcela en el cementerio de Montjuic. En ese cementario, que está encima de la montaña, estará siempre a salvo de las inundaciones y podrá escapar de una de sus pesadillas. Lo leí hace mucho y no ha dejado de acompañarme.

Ayer fui a una conferencia informativa sobre el Máster de Dirección de Marketing y Ventas en el Instituto de Empresa. No fui por equivocación o por simple curiosidad. Tengo una razón de peso para plantearme una opción así.

No quiero llegar pobre a la vejez. No hay nada más. Cada uno tiene sus debilidades y yo quiero tener vestidos bonitos, quiero usar unos Chanel que me tapen la cara, llevar cada pelo en su sitio, visitar a mis amigos por el mundo y recibirlos en mi casa, ir a la librería y al cine después de la siesta, hacer talleres en los museos, levantarme todos los días en un pequeño apartamento, impecable, frente al mar y, sobre todo, quiero recorrer Italia.

Es muy sencillo: me he dado cuenta de que por el camino que voy no es posible. Creo que ese Máster puede ayudarme a dar un giro que me permita dentro de 30 años tener la vida que quiero. Evidentemente la decisión implica muchas cosas: una deuda, un cambio de mentalidad, un esfuerzo personal, un voto de confianza en mí. No estoy segura de que lo vaya a hacer, no estoy segura de que ese Máster sea la única opción, pero lo voy a pensar.

17.1.07

Game over. Start again. Welcome to the next level

Lo bueno que tiene una mudanza es que puedes estrenar una vida o intentarlo, que ya es bastante. No conoces el barrio, no sabes donde está el supermercado más cercano, ni la farmacia, ni el veterinario, no conoces a los vecinos ni te conocen y los amigos aun no saben tu dirección. Hay momentos en los que ni siquiera te reconoces dentro de ese nuevo hogar y la experiencia de colonizarlo y ser colonizada es un privilegio.
Desde el punto de vista contrario lo bueno que tiene dejar una casa es la posibilidad de dejar atrás algunas cosas con las que no queremos seguir viviendo. Un pantalón manchado, un mueble odioso, un plato roto, un aparato inservible, unos cuantos tornillos incógnitos, una vecina histérica, una extraña sensación de conformismo.
He escuchado a la gente decir que las cosas malas te siguen a donde vayas pero yo he tenido suerte. He vivido en muchas casas y tengo buenas experiencias al respecto. Da igual el tiempo que vaya a estar en un hotel, un motel, una pensión, una casa de playa, un apartamento prestado, alquilado, propio. Una vez que te has instalado en tu nueva vida estás más conectado con tus deseos y parece como si empezaras a moverte al ritmo que necesitas para salir adelante.
Estoy convencida de que las mudanzas generan cambios en nuestra manera de ver las cosas y de vivir. Pueden ser el inicio de pequeños o grandes comienzos. Claro que no todas las mudanzas son igual de trascendentales, depende de la necesidad que tengas de cambiar y de las circunstancias. En mi caso llegar a Tenerife hace casi cuatro años fue fundamental. Se quedaron en Caracas las cosas que necesitaba dejar lejos y todavía conservo las energías de vivir frente al mar durante ocho meses, rodeada de gente entrañable.
Hace un mes nos cambiamos de piso y de barrio en Madrid. Tieta se ha adaptado bien porque ahora tiene más espacio, más luz y podemos ir al Retiro todos los días. Por los momentos el problema de su ansiedad está controlado. Por otra parte, a mí esta mudanza me ha hecho rescatar una actitud optimista frente a la vida afectiva y profesional y, por supuesto, la alegría de vivir.
Mi amigo Carlos Ortiz, que es un acérrimo enemigo de los optimistas, me diría que tenga cuidado con lo que digo pero lo que él no sabe es que yo aprendí a no ser optimista como quien tiene fe y espera. Desde hace tiempo hago limonada cuando me caen limones. Algo así dice una canción de Rubén Blades y funciona. Eso sí, nunca antes como en este mes he tenido tan presente las palabras mágicas de Rosalba (o de Violeta, su alter ego), el personaje de Diablo guardián, la novela de Xavier Velasco: Game over. Start again. Welcome to the next level.

17.10.06

Mis compinches de la feria


Una cena después de la feria, para recobrar el aliento.
De izquierda a derecha: Gema, Alejandra, Natalia (ahora en Barcelona), Johanna (ahora en Berlín) y yo.
La jarra en el medio: un vino de manzana, de película.

11.10.06

King Kong en Frankfurt

Desde que estoy en España algunas cosas me han dado tanta alegría que por sí mismas justifican la distancia, las energías y la nostalgia que conlleva vivir fuera del terruño. A pesar de que, por otra parte, hay razones para estar por aquí, esos afortudanos episodios me hacen creer que además de sobrevivir puedo disfrutar en grande. La casa frente al mar donde vivía en Tenerife, el concierto de The Cure en Santiago, la Semana Negra de Gijón o mis primeras fiestas de barrio, en Malasaña, Lavapiés y La Latina, por poner algunos ejemplos.
Trabajar en la Feria del Libro de Frankfurt, sin duda, no está en esa categoría. No se trata de algo especialmente placentero ni nada parecido a aquellas emociones, más pacíficas o románticas o sublimes. Se trata más bien de una revolución, que ahora mismo no puedo agrupar ni comparar con otras experiencias. Lo de Frankfurt es algo excitante, como una sobredosis de adrenalina, un shock para la conciencia.
Desde que empecé a trabajar he estado vinculada a los libros siempre, de alguna u otra manera: en la Cadena Capriles, el Banco del Libro, la Universidad Central, el Museo de Bellas Artes... En la editorial Lengua de Trapo y ahora en La Fábrica, y ni de lejos estaba preparada para la sorpresa que me iba a llevar en Frankfurt.
Cuando se aventuraban en Caracas con la primera Feria del Libro, aquella en el Teatro Teresa Carreño, yo intentaba amaestrarme para el trabajo y meter por el aro mi vocación dispersa (tareas que sigo llevando a cabo, religiosamente). Por ahí me enteré de que la Feria de Frankfurt existía, como quien oye repicar unas campanas en otro planeta, eso sí. Desde entonces he tenido mucho tiempo para fantasear sobre ese tema y, poco a poco, perderle el miedo.
Sin embargo, no es lo mismo ver a King Kong en el cine que verlo en persona. Encontrarse a la fiera más grande del mundo y verla actuar en directo me dejó sin palabras o, mejor dicho, con todas las palabras revueltas y la cabeza más confundida que nunca. Es cierto que King Kong arrasa con todo: con los pequeños edificios y con los rascacielos más orgullosos. Yo estuve allí la semana pasada. Creo que uno sobrevive sólo para contarlo.
Dejando a un lado esta impresión apocalíptica, lo mejor de Frankfurt fue encontrarme con Natalia Alcolea, Johanna Richter y Javier Azpeitia. Conocer a dos chicas estupendas: Gema y Alejandra, de El Zorro Rojo y de Ediciones B. Recibir la visita de Marjorie y Gustavo, que como yo se fueron de Caracas hace más de tres años y ahora viven en Bruselas, con su hijo Gonzalo, a quien conocí finalmente.
Lo más sorprendente: pasar frente al stand de Anagrama y ver al mismísimo Jorge Herralde, cuchillo en mano, cortando un jamón, rodeado de un público expectante. El hall de los agentes, ciencia ficción. Las editoriales africanas, increíble pero cierto. El restaurante Adolf Wagner, en Schweizer Str., recomendado ampliamente a todos los carnívoros de fondo. En el stand de la República Bolivariana de Venezuela conseguí un libro pequeñito de José Roberto Duque, uno de distribución gratuita que salió en el 2005 y que yo no tenía: Vivir en la frontera. Ojalá que mis libros de historia y geografía hubiesen tenido el estilo JRD.
Definitivamente, esa feria, como la película del monstruo, tiene un componente adictivo y lo que más me gusta es haberme dado cuenta de que estoy preparada para dejarme sorprender. Cómo me gustaría a mí volver el año que viene.

2.9.06

Mi visión de Nueva York


Leer un libro de biblioteca, tal y como están las cosas, es algo raro pero que alguien en una biblioteca se acuerde de tí al encontrarse un libro y que lo saque prestado porque podría alegrarte la vida es una rareza, casi un milagro. Pues hace nada tuve esa suerte y encima el libro, efectivamente, me alegró la vida. Menos mal que no hay que devolverlo hasta el 23 de septiembre, lo quiero leer varias veces.
Algunos libros, más que otros, no hacen más que darnos ideas. El diario de Carmen Martín Gaite, Mi visión de Nueva York, me ha dado grandes esperanzas: he descubierto que mi plan de vivir en NY no es una utopía ahora que he cumplido treinta y seis. Tendré que explicarme mejor: vengo de Caracas, la capital de un país joven, con prisas para todo y pocos planes para el futuro.
Entonces me encuentro con que a los cincuenta y cinco años la escritora decide dejar Madrid para vivir una temporada neoyorquina, estudiar inglés, enseñar español y, mientras tanto, hacer un diario-collage que ha publicado Siruela.
Claro, hay quien dirá: "Ella era ya, en 1980-1981, Carmen Martín Gaite, una escritora famosa que podía darse esos lujos", pero eso no me importa. El verdadero lujo es recordar de vez en cuando que la vida continua y permitirlo.
A propósito, su diario es fantástico. Un doble registro, infantil y femenino. Una voz propia pero cotidiana. Palabras e ilustraciones transfieren un relato lleno de vida y de referencias a Hopper y a Virginia Woolf. ¿Acaso no hemos soñado todas las mujeres con tener una habitación propia? ¿No es NY la ciudad ideal para disfrutar de esa libertad? Me sorprendió además su descubrimiento de la soledad y de la multitud americanas.

Esta revelación ha sido posible gracias al gesto amoroso de la persona que sacó el libro para mí de la biblioteca y que tendré muy en cuenta.