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18.10.11

La mano de Ernestina


Esta mano de la que estoy agarrada en 1975 es la mano de Ernestina. Una mano diferente: Cálida, suave, amorosa, generosa, segura, incondicional y presente. Una mano que todavía hoy agarro en busca de fuerza, de apoyo y de guía. Que nunca se despide de mi. Que nunca me deja caer. Que nunca se va.

11.9.11

Our Own Harvest

Mi conocimiento sobre agricultura se había quedado estancado muy atrás, en Caracas, en la época de los proyectos escolares de primaria, en los que nosotros, los alumnos, teníamos que crear unos germinadores, con frascos de vidrio, papel periódico y caraotas o judías negras.

Los pocos alumnos muy aplicados llevaban a clase un germinador nuevo y etiquetado cada semana, para que todos los demás tuviéramos la visión del "proceso" a la vez. En mi memoria ese proceso estaba congelado en el nacimiento de la planta y no tenía ninguna resolución. Es verdad que ya estaba más interesada en las ciencias sociales que en las naturales, pero nunca supe cómo terminaba esa película. Y si lo pienso mejor me parece que no era mi despiste la causa sino la falta de dirección general. Los germinadores se morían, poco después de nacer las plantas, al empezar a crecer.

Treinta años después, en Londres, una compañera lituana llega una mañana al trabajo con una planta de unos diez centímetros. Dice que es un tomate y, tengo que reconocer, la miro incrédula (¿tomate, eso?) e ingenua a la vez (¡tú sabrás mejor que yo, eso seguro!).

Entonces, en coro, seguimos sus instrucciones un par de meses. Una maceta mayor. Regar todos los días. Pasar a la ventana. Y así fue creció la planta más de un metro, y salieron unos tomates verdes enanos y luego más grandes y cada vez más rojos y después vino la ensalada capressa para compartir, con mozzarella de bufala, que compré en Tesco.

Frutos que había estado esperando.

28.3.10

Señorita Cometa


Me gustaba pensar que entre la Señorita Cometa y yo había una conexión, mucho más que la del corte de pelo. Eso era en los 70, cuando la serie japonesa competía en mi país con la adorable Mi Marciano Favorito.
Para empezar, Cometa no era de este mundo. Ella pertenecía a la estrella Beta, donde había sido una princesa. Sin embargo, ya no era una princesa. Se había portado mal en muchas ocasiones y ahora tenía que vivir en la Tierra, como castigo. La habían enviado con el objetivo de que mejorara su forma de ser y no había nada más difícil. Su buena voluntad no le servía munca de mucho. Era supervisada y corregida constantemente. Un estricto superior, llamado El Profesor, le dejaba marcas en la cara. Su papel de niñera de Koji y Takeshi no escondía la verdad. En el fondo Cometa era una niña.

Ha pasado mucho tiempo desde aquellas tardes entre Cometa y yo, aunque sigo entendiendo sus penas.

28.2.10

Memoria

En París, paseando del brazo de una novia casual en un otoño tardío, le parecía imposible concebir una dicha más pura que la de aquellas tardes doradas, con el olor montuno de las castañas en los braseros, los acordeones lánguidos, los enamorados insaciables que no acaban de besarse nunca en las terrazas abiertas y, sin embargo, él se había dicho con la mano en el corazón que no estaba dispuesto a cambiar por todo eso un solo instante de su Caribe en abril. Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado. Pero cuando volvió a ver desde la baranda del barco el promontorio blanco del barrio colonial, los gallinazos inmóviles sobre los tejados, las ropas de pobres tendidas a secar en los balcones, sólo entonces comprendió hasta que punto había sido una víctima fácil de las trampas caritativas de la nostalgia.

Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera

18.2.10

La migraña y yo


A los 19 años acudí al médico que me revelaría una verdad fundamental. Resonancia magnética en mano.

- No hay nada que hacer con esa migraña, vas a tener que soportarla siempre
- ¿Siempre?
- Hasta la menopausia. Para aliviar el dolor hay un nuevo componente que se llama
Sumatriptan
- OK

Inconforme y, sobre todo, decepcionada salí del consultorio. Cómo uno de los mejores especialistas en neurología de Caracas me iba a decir algo así. Acaso había algo peor que soportar una migraña eternamente. Entre los 19 y la menopausia hay una autopista perdida en la distancia, cualquiera que ha sido joven lo sabe. Habrá una solución. No puede ser. Lo típico. Uno siempre piensa algo así ante algo así.

Durante estos años, he desencadenado una serie de acciones para combatir mi supuesto destino pero nada ha funcionado. Medicina tradicional preventiva. Curas de sueño. Dietas sin vino tinto, chocolate, quesos madurados y nueces. Tratamientos naturales. Vacaciones. Masajes. Compras compulsivas, cuando podía. Del escapismo al psicoanálisis. Doctrinas de fe. Ejercicios físicos moderados. Acupuntura. No cuento el yoga porque apenas he podido hacer dos clases y pienso que voy a seguir adelante, siguiendo los consejos consecuentes de Ximena.

Mientras tanto, me sigo acordando de la primera vez. 12 años. Fiesta del colegio. Multitud, ruido, calor. Barra abierta de chucherías. Horas y horas sin parar de comer, en el mal sentido de la palabra. Coma de azúcar. Cabeza que estalla en pedazos. Así empezó la historia de la migraña y yo.

Siempre es el mismo dolor, con distintas variaciones.
Francis Bacon. Autorretrato, 1969.

11.9.09

Ismenia

Pasé cinco días con Ismenia en Maracaibo, tres de ellos en el hospital. Sin embargo, tuvimos tiempo de cruzar el puente del lago, caminar por la chinita, conocer la iglesia de Santa Bárbara y hacer esta foto, soportando el calor del mediodía. Para mi regreso ella estaba mejor y nos despedimos con una sonrisa mecánica en la puerta de su casa, disimulando la tristeza. Me fui pensando en que no tengo nada que hacer en ninguna parte del mundo si no es a su lado, pero me fui. Cuando venía en el avión a Londres, ella entró de nuevo en el hospital y hoy ya lleva diez días allí. La crisis de asma se ha ido complicando día tras día. Una infección, una mala reacción al antibiótico, unas convulsiones, una fractura en el brazo. Estoy rezando por ella, porque ella me enseñó a rezar, sólo que ahora desde Londres todo está más lejos que nunca.

24.7.09

La máquina del tiempo



A propósito de la muerte de Michael Jackson y sin venir mucho a cuento, mi amigo R. y yo estuvimos hablando de unos cuantos acontecimientos del pasado que conviene olvidar o al menos mantener atrás. Para él ha funcionado llenar esos vacíos con gratas experiencias nuevas y yo trataré de ahora en adelante de recordar su fórmula.

Afortunadamente no todos los viajes en la máquina del tiempo nos llevan a experiencias difíciles. Hay momentos maravillosos en el pasado que no tienen por qué olvidarse. Me refiero a los momentos que vivimos con algunas personas que llenaron, sin condiciones ni obligaciones, un espacio que encontraron vacío.

Hace muy poco volví a encontrarme en Londres con una de las mejores madres posibles, Mariliana. Una de las tres madres que me tocaron en el reparto de las madres postizas, junto a Ismenia y Ernestina.

Venía en un viaje a Europa con su nieta Valentina, tal vez para enseñarle lo mismo que a mí me enseñó en Caracas hace ya mucho tiempo. ¿De dónde si no de ella saqué yo la idea de libertad y de belleza?

Espero darle un abrazo antes de que pase otra vez tanto tiempo.

23.7.09

Mi hermana, Whitechapel y la felicidad

A continuación el relato de uno de esos pocos momentos de la vida que justifican todo lo demás. Después de una visita tan inesperada como deseada, dos copas de vino, dos jagerbombs, dos Smirnoff y una noche de baile, las cosas dejan de ser tan difíciles como parecen.


Mi hermana apareció en Londres por unos días. Venía de Houston y de aquí se iba a Perth, Australia. Digamos que, afortunadamente, me encontraba en el momento y en el lugar indicados para coincidir con ella, en una de sus vueltas al mundo por temas de trabajo.

Las 48 horas que estuvimos juntas en Madrid por última vez se habían quedado cuatro años atrás. Así que con muchas ganas nos fuimos el mismo lunes, 6 de julio, a celebrar el reencuentro.

Después de los dumplings y el vino de la cena me dijo que uno de los diez bares que ella tenía que conocer estaba en esta ciudad. Nos íbamos a tardar unos 30 minutos caminando hasta Whitechapel pero a ella le pareció demasiado tiempo.

En 5 minutos nos bajamos de un taxi en la puerta del pub The Blind Beggar. Adentro la movida era tremeda. Los lunes por la noche son de la banda The Burns Brothers, que en ese momento interpretaba You Never Can Tell (C'est la vie), el tema de Chuck Berry que John Travolta y Uma Thurman bailan en Pulp Fiction. Unas diez personas hacían lo suyo en la pista, con un entusiasmo que yo había dejado de ver hace mucho. Cada uno con sus años, cada uno con su estilo. Una entrada triunfal es un buen presagio.

No tuve tiempo de preguntar qué era un jagerbomb cuando ya iba por el segundo. Para entonces manteníamos una conversación casi seria con el vecino sobre temas como la lista de los diez bares de mi hemana, la historia oscura de Whitechapel y The Blind Beggar y la política en Venezuela. De allí en adelante, cada vez que una canción "nos podía", como le dicen en Madrid a la sensación de que algo es más fuerte que tú, dejábamos la barra y a nuestro interlocutor para ¡bailar!
Ahora mi hermana ha completado la vuelta al mundo, ha pasado dos semanas en Australia y está de regreso en Houston. Lo bueno de estar aquí todavía es que algún lunes podré volver a The Blind Beggar a bailar con la banda de los hermanos Burns. La felicidad es pasajera, eso ya lo sabía.

El segundo jaggerbomb:


Una pareja de baile y de fondo la música de The Burns Brothers:

16.6.09

Secretos de belleza. Missing Madrid III



Las chicas venezolanas tienen la capacidad de desarrollarse plenamente en el camino de la belleza. Parece que nacen aprendidas en la materia porque dominan el arte y las prácticas de la imagen personal con una destreza profesional. Para ser bellas, se someten con virtuosismo a todos los ritos necesarios e innecesarios, artificiales y naturales, técnicos y manuales, físicos y espirituales, interiores y exteriores. Aunque aparentemente la única finalidad de esta historia sea la seducción, la belleza tiene una importancia tan especial que no es sólo un medio. Se trata de una entrega genuina, sin concesiones ni omisiones, a lo largo de la vida, a un ejercicio independiente de elevación personal. Digan lo que digan, es un fin en sí mismo.

Una noche muy triste y ya muy tarde, a punto de presentar su tesis sobre Pascal en la UCV, Maytté me dijo que la solución contra el insomnio y los malos espíritus era echarme crema en las piernas. Aunque no le creyera era imposible no reconocer su autoridad, así que entré en acción en ese mismo momento. Sabia Maytté. Tenía razón, no sólo pude dormir sino que con el tiempo he llegado a controlar a los espíritus.

Mi caso es una excepción. Lo descubrí a los 15 años cuando se me hizo imposible caminar derecha con tacones delante de Nataly y otras amigas de secundaria. Todavía no sé pintarme el pelo y ellas se alargaban las pestañas con una pinza a los 13. Por supuesto, esto me convierte en una chica dependiente en el universo de la estética general y específicamente en el submundo peluquerías, etcétera. Probablemente haya un par de mis amigas con la misma incompetencia pero claramente no es la tendencia nacional.

Me costó muchos años encontrar en Madrid un lugar donde pudiera acostarme en una camilla, cerrar los ojos, entregarme confiada a una sesión de depilación de cejas y, en lugar de salir como el hombre elefante, salir contenta. Estética Molero está en la calle Amor de Dios. La dueña, Paloma, y unas chicas estupendas atienden a las mil maravillas. Cada vez que abro la puerta me dicen: ¿Qué tal, Emilú. Unas cejas? La última vez tampoco logré decirles que me había ido.
Afortunadamente la belleza tiene muchos caminos, como almas. Me pregunto si el futuro me deparará algo parecido en Londres.

15.5.09

Herencia







No conocí a mi abuela materna pero durante 23 años estuve al lado de Ernestina, mi tía-abuela. Cuando nací me hizo la niña de sus ojos para siempre.


Sé que fue muy joven de Maracaibo a Caracas, junto a mi abuela, Ismenia y mi mamá. Que fue secretaria de Alcoa Steamship Co. y que vivió en Nueva Orleans y en San Francisco. Que también viajó a Nueva York. De esa época yo guardo su baúl negro repleto de cosas insólitas. De regreso en Caracas, siguió trabajando como secretaria y siendo el sostén del hogar. A veces me contaba historias sobre sus amigas norteamericanas o sobre sus padres, mis bisabuelos. Le gustaba la zarzuela y el boxeo. Pasaba 2 horas arreglándose por la mañana para salir a trabajar en su flamante Dodge Dart blanco, con eterno olor a nuevo. Su peinadora era un universo. Tenía una cita todos los sábados en la peluquería. Me he mudado siempre con sus álbumes de fotos y los he visto cientos de veces. No se casó ni tuvo hijos pero en un par de fotos aparece de la mano con un hombre moreno y flaco y en otras con un hombre alto, con gafas, a su lado.

Me enseñó lo que tenía que saber sobre cremas, perfumes, maquillaje, vestidos, medias y zapatos. Sobre el valor que tenía el trabajo, la independencia, ganar dinero y administrar una vida. Me explicó que la comida que servía era la que estaba preparada ya. Me llevó a conocer el Metro de Caracas y el Teatro Teresa Carreño recién estrenados. Me regaló un Volkswagen verde del año 70, mi año de nacimiento, y un pasaje para que conociera Nueva York cuando tenía 21 años. Podría hacer una lista interminable.


Cuando se retiró del trabajo, llegó al apartamento donde vivíamos las dos con su máquina de escribir último modelo, que  era casi una computadora. Sólo tenía 69 años. Su idea era seguir trabajando desde casa pero de inmediato supo que tenía un tumor en el cerebro, de esos malignos, que no se pueden operar ni con el mejor médico del mundo. No pasa un día sin que la recuerde y busque en esos recuerdos la fuerza que ella tenía para vivir día a día.
Se cumplen 15 años de su despedida rápida y silenciosa.

1.10.08

Una chica baila en Caracas y aquí tiembla la tierra

El año sabático que decidí tomarme al venir a España se ha ido alargando y ya son más de seis años. Me ha pasado como pasa en Venezuela cuando tenemos un problema y se plantea una solución provisional. Me he acostumbrado a vivir en España.
Antes de venir dejé todas mis cosas amontonadas en un sótano. Un cargamento de casi cien cajas, maletas y bolsas. El scanner, el secador de pelo, mis sandalias favoritas, el diccionario de filosofía de Ferrater Mora y todos mis libros, cuadernos y libretitas, el edredón amarillo de Jaipur, mi almohada, el estuche de llevar la comida al trabajo, la licuadora, mi mesita de noche, la lámpara naranja de los 60, el baúl negro con la cerradura de bronce que trajo mi tía Ernestina cuando regresó de San Francisco a Caracas, el radio antiguo que me regaló Carlos Ortiz en El Silencio y paro de contar.
Como a quien se le pasa la hora de comer y deja de sentir hambre, yo he dejado con el tiempo de echar de menos mis cosas. Sin embargo, después de acostumbrarme a la segunda persona del plural, al horario, al cocido y al invierno, ha surgido algo inesperado.
Ángela, una amiga venezolana de la agencia donde trabajo, me ha pasado el link de un vídeo que ha hecho despertar en un momento toda mi nostalgia. Nostalgia como quien dice morriña o magua o saudade, o, como decimos en mi tierra, guayabo.
En Algo, de Los Paranoias, hay una chica que baila por Caracas. Una chica como fuimos nosotras en una ciudad que nos dio todo. Dos cosas que siempre echaremos de menos.
El vídeo: http://www.vimeo.com/1139006
Así de grande es la nostalgia que ya no veo el momento de ir a Caracas. No digo regresar. De momento sólo quiero ir.

28.9.08

Interpretación

Comentaba con una amiga que está terminando ahora su carrera en Berlín y que ha vivido en muchos sitios lo complicado que es dar explicaciones personales.
Me gustaría volverme invisible cuando estoy en esas situaciones en las que es necesario contar mi vida o una parte o responder a una pregunta del tipo ¿por qué te fuiste de tu país? ¿Por qué viniste aquí? ¿Quieres regresar? ¿En qué trabajabas? ¿A qué te dedicas ahora? ¿Y tu familia? ¿Y qué planes tienes para formar tu propia familia? ¿Qué haces en navidad? ¿Dónde has invertido tu dinero?
Sin embargo, hago un esfuerzo enorme por decir la verdad, por no exagerar, por ser concisa, por no ser escueta, por no obviar los aspectos significativos y no caer en los agujeros negros, por dejar complacido a mi oyente, por dejar todo claro y no hacerme la interesante.
Lo malo es que diga lo que diga, siempre es una interpretación, como cantar o pintar o hacer una foto o cocinar. Nunca es igual. Si hubiese tenido amantes famosos o hubiese sido corresponsal de guerra, sería más fácil, pero me resulta complicadísimo explicar una vida normal y feliz, aunque muy accidentada.
El problema empieza, por ejemplo, si aparece un amigo en el Facebook y me pregunta cariñosamente, ¿qué ha sido de tí? Hace tanto tiempo que no le veo, que perdi la cuenta. Antes de responder, echo un vistazo rápido en su perfil.
Supongamos que mi amigo trabaja en una empresa de servicios financieros en Miami, no precisamente en el call center. Que está casado desde el 93. Que su hijo mayor tiene 11 años y en la foto de este verano, en Zanzíbar, su mujer va de la mano con una niña de 7. El resto lo termino en mi cabeza: una casa enorme, en medio de un jardín bien cuidado, con una Land Cruiser y dos setter irlandeses. Entonces, empiezo a hacer un resumen muy discreto de estos 17 años, sin mentir pero completamente inofensivo. Y así, cada vez que alguien me pregunta hago una composición distinta, adaptada al caso.
Explicar algo de mi pasado o de mi país a mis amigos en España tampoco es sencillo. Hay muchos registros se quedan por fuera así vayas a explicar qué quiere decir el control de cambio. Esta tarde, sin ir más lejos, estaban unos amigos en casa. Conocí a J y L en Madrid y a S, que ahora vive en Holanda, la conocí en Caracas. Los primeros le preguntaron a la segunda: "¿y vosotras dónde...?". "Trabajábamos juntas en el Museo de Bellas Artes". Hicimos una pausa, supongo que para arrancar con una explicación y arrancamos, pero inmediatamente cambiamos de tema. Hay momentos en los que la vida no admite otra interpretación que el silencio.

12.6.08

Sillas voladoras


Me gustan los parques de atracciones, sobre todo porque son el paraíso de la dispersión. Los juegos de feria y los peluches gigantes. Los trenes que regresan al mismo sitio. Los lugares maravillosos, misteriosos, peligrosos. El ruido. Las luces incandescentes. El algodón de azúcar, los refrescos, los perritos calientes. La posibilidad de perderte, de sorprenderte, de marearte, de cerrar los ojos y gritar delante de mucha gente, de subir muy alto, de bajar al fondo a gran velocidad, de experimentar el vacío. La montaña rusa me da bastante miedo pero suelo subirme en alguna, en cuanto alguien insiste.
En el Parque de Atracciones de Madrid hay sillas voladoras. La estructura está rodeada de árboles altos. Las sillas son de mimbre y están sujetas al techo por cadenas. Cuando estás dando vueltas, cada vez más rápido, te acercas tanto a los árboles que tienes la sensación de que vas a chocar contra ellos.
Me gustó mucho conocer ese parque el otro día. Mientras J y el CH estaban en la montaña rusa, yo aproveché para subirme en las sillas voladoras. La sensación es total, disfruté en grande. Me acordé del Tolón, el parque donde yo iba en Caracas cuando era niña y de sus sillas voladoras. Es una costumbre maravillosa la de reservarse algunas etapas sin superar.

15.4.08

Espera a ciegas


Ayer una mujer y yo esperábamos al autobús en la parada de Francisco Silvela con Diego de León, a plena luz de mediodía. Ella llevaba un moderno abrigo de entretiempo, de cuadros negros y blancos, maquillaje fresco, cabello castaño de peluquería, uñas rojas, pendientes largos y tacones. Después de 15 minutos un autubús se acercaba. Más o menos cuando venía a 50 metros me preguntó si era el Circular, el C2. Hice un esfuerzo pero no le pude contestar, luego me sonreí. Me pasaba igual que a ella. Ni mi compañera, de unos 70 años, ni yo, éramos capaces de ver la nomenclatura sobre la cabecera del autobús. Al final sí que era el autobús que esperábamos las dos.

Mis problemas de la vista son viejos. Desde los los 4 años no veo bien y tengo que llevar mis gafas puestas. Por suerte los autobuses son ese tipo de cosas que si no puedes ver de lejos, no pasa nada. Incluso así, sin ser vistos, llegan en algún momento y siempre son bien recibidos.


Ilustración: Cartel de Snellen para el clásico examen de la vista.

7.12.07

Infancia

Un domingo fuimos a comer en casa de una familia de inmigrantes españoles, amigos de mi padrastro y de mi madre, en La Candelaria. No recuerdo sus nombres pero la dueña de la casa era costurera. Había mucha gente, familia y amigos. Hasta que logré estar sola en el taller de costura pasó un tiempo. Un cuarto grandote, con maquinas, mesas de trabajo, muebles con cajones de madera, hilos de colores, revistas de moda, carretes de encajes, patrones, dibujos, abalorios, maniquíes medio vestidos, tijeras enormes y afiladas, almohadillas con alfileres de cabeza... Un parque temático de los 70. En mi casa no había visto jamás algo parecido, ninguna herramienta o materiales de aquellos y estaba absolutamente deslumbrada. Al final, cuando nos regresábamos a casa por la noche, en el carro, se dieron cuenta de que llevaba entre las manos un rollito de cinta bordada. Nos devolvimos de inmediato, después de una de las cóleras de Aquiles. Tuve que tocar la puerta, entregar el souvenir de aquella isla del tesoro y pedir perdón a su dueña. No he aprendido a coser pero desde entonces sueño con hacerlo.

Un día antes de la primera comunión nos pidieron a todos los niños que fuésemos a un ensayo general. Esperábamos sentados en los bancos a que uno por uno le llegara el turno de su encuentro con el cura. Primero hablaba un rato con ellos y luego les daba la ostia. Los comulgantes noveles se pasaban un rato de rodillas, con actitud de constricción. En eso me di cuenta de que el niño que estaba a mi lado era mi vecino. Se llamaba Ricardo y vivía en una casa frente a mi edificio, en La Florida. Nos conocíamos de vista solamente. Enseguida me contó con rabia que la marca roja que tenía en la cara había sido una de las palizas de su padre. No sabía qué hacer, pero conocía esa rabia, y le propuse que saliéramos al patio. Al fin y al cabo el cura no se iba a enterar, quedaban muchos niños todavía. Estuvimos jugando juntos el resto de la tarde. El día de la comunión fue un día estupendo. Me regalaron el libro de Heidi. Ricardo y Heidi son el mejor recuerdo que tengo de mi primera comunión.

Con diez años, cuando estaba cursando cuarto de primaria, le escribí a José Guillermo, una nota para que se empatara conmigo. Esa era la manera de hacerse novio o novia de alguien. Aunque la mayoría de las niñas que yo conocía no hicieron algo así, yo me decidí porque era un amor irremediable. Sobre el mismo papel me llegó una respuesta afirmativa, escrita por él o uno de sus amigos, donde se me proponía una cita para cerrar el pacto, que consistía en un beso. El lugar del encuentro era la cueva "Kiss", en la zona verde del colegio. Mi colegio no tenía parque, tenía zona verde. En mi país eso quiere decir un terreno, un fragmento de la naturaleza dejado de sí. A la hora, con los ojos cerrados, nos dimos un beso relámpago, delante de unos diez chicos. Inmediatamente salí de la cueva y al subir por la cuesta me caí sobre un matorral y me rompí la falda. No sé cómo pero todos en el patio de recreo sabían lo del beso y al verme con la falda rota la cosa se transformó en un escándalo. El joven director del colegio, que hasta entonces parecía ser un tipo bien moderno, nos hizo pasar a JG y a mí entre dos filas larguísimas de alumnos. Fue un simulacro de boda en toda regla.

3.8.07

Espinho

Me gusta mucho Portugal y tengo suerte. Tengo lazos que me unen a este país por partida doble. Mi padre y mi padrastro son del mismo pueblo de Oporto: Espinho. De dos comunidades vecinas del mismo pueblo: Anta y Silvalde.
He venido desde la infancia a este lugar y todo me parece conocido. La playa, el malecón, la rua 19, el olor del peixe fresco y del frango de la churrasquería, el hotel Praia Golf, la barra del Esquimó, las viejas vestidas de negro que están por todas las esquinas vendiendo sardinhas de noso mar, la piscina Atlántica, los gitanos de la Feira, los acuarios de los restaurantes llenos de langostas y cangrejos, el pan de ló, las antiguas casonas forradas de azulejos y ventanales de madera con palmeras en la entrada, los pasteles de nata, el prego no pão, el recorrido que hace el tren a Oporto y que pasa por Miramar...
De hecho, cuando estoy en Espinho e incluso cuando vengo de camino, estoy segura de que tengo una doble identidad. Lejos de aquí, sólo tengo dos pasaportes.
Sin embargo, por simples circunstancias, no estoy segura de estar unida a mis figuras paternas por medio de un lazo tan fuerte como el que me une a todas estas maravillas que descubrí en la infancia y que sigo reviviendo con cada viaje.

Lo bueno de los amigos es que siempre están ahí, aunque estén en otra parte, y te entusiasman. Gracias a mi amigo Marcelo Simonetti, que ahora mismo está justo en las coordenadas contrarias, en el Pacífico sur, en invierno, he caído en la tentación de ver los anuncios inmobilarios de Espinho. Nunca se sabe.