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16.9.11

La Real. Missing Madrid V



En 2004, cuando comencé en Madrid, para llegar a mi trabajo en la tienda El Flamenco Vive, subía por La Independencia, una callecita estrecha y corta como muchas del centro, desde la estación de Ópera. A esa hora de la mañana en la que todo está renovado y huele a limpio, en la que todo es perfecto con sus imperfecciones, estaban la chica y el labrador, en la puerta de la floristería. Y durante unos segundos, que yo dilataba en lo posible, una parte de mi alma se fijaba a esa imagen. Una imagen lo suficientemente poderosa para quedarse conmigo hasta entonces, parte como un recuerdo, parte como una fantasía.

Han pasado muchas cosas desde aquellas mañanas pero esa imagen vuelve de vez en cuando. Sobre todo últimamente, ahora que cada semana compro con mis compañeros de la tienda en Londres un billete de lotería.

Cuando me preguntan que qué haría con mi parte del dinero si ganamos, nunca sé qué decirles. Pienso que, millonaria o no, me gustaría ser yo la chica que abra la floristería La Real, en el número 1 de la Calle Independencia de Madrid y que Tieta fuera el labrador que estaba con ella, entre las flores.

23.5.10

Un día de sol en Londres



Lo mejor que puede pasar en Londres es un día de sol y una noche cálida, que pasa muy de vez en cuando. A lo peor, que son las semanas frías, nubladas y lluviosas, nos vamos acostumbrando. Sería un detalle, casi insignificante, si estuviera recién llegada de Caracas o de Madrid, pero después de un año, un día como hoy, me alegro tanto del buen tiempo como todos aquí.

Durante 24 horas la calle por la que paso todos los días es diferente. El autobús que lleva meses en la esquina ya no es más de color vino, es rojo como la sangre. Aparecen algunos edificios que han estado escondidos por la neblina. Los grises y encorvados personajes son siluetas coloridas que pasean erguidas y sonrientes. El parque, antes  exclusivo de deportistas, perros, niños y cuidadores, es una fiesta. El paseo de noche con Tieta es una oportunidad para ver las estrellas y la luna creciente.

¿Cuál será la probabilidad de lluvia para hoy? Pregunta El Chapulín Colorado, mientras vamos a Clapham Common
No va a llover, no hay ni una nube
Pero siempre hay una probabilidad
...

Claro, siempre hay una probabilidad. Hoy 0% de probabilidades de lluvia, según Wheather.com.

14.5.10

Conexión Montreal

Hace diez años a Carlos y a mi nos separaban tan sólo dos semáforos, en la última de las ciudades góticas, Caracas. Sin embargo, sabemos que una distancia insignificante se convierte necesariamente en un largo viaje si hablamos de una cuidad donde sobran las circunstancias, como era la nuestra. Para llegar de una casa a la otra teníamos que cruzar el reinado de Sabana Grande, donde una inmensa red de hábiles comerciantes callejeros, llamados buhoneros, asentaron las bases de un inmenso mercado, no reconocido por la economía formal pero eficaz a la hora de dar respuesta a las demandas del público más heterogéneo que se haya visto jamás, debido a la diversificación de sus bienes y servicios. Con todo, Carlos y yo nos organizábamos bastante bien para cenar el lunes, para tomar algo el miércoles, para salir de fiesta el viernes o para un rato de psicoanálisis el domingo. También llevábamos estupendamente el intercambio ante la escasez de alimentos, agua o gasolina. Hay pocas ocasiones en las que los amigos adorables son, al mismo tiempo, tus vecinos, y yo tuve la suerte.

No todo iba tan bien, sin embargo, y un día, cuando tuve mis cosas recogidas, Carlos me llevó al aeropuerto. Mientras yo apenas me instalaba en Tenerife, él recogió las suyas para irse a Montreal. No le dimos ninguna importancia a aquella despedida. He pensado que ninguno de los dos, y ninguno de los otros amigos de quienes me despedí en aquel momento, tenía una idea clara sobre la distancia y el tiempo que pondríamos de por medio.

Ahora escucho a Carlos y escucho su música, que ha sido siempre una parte imprescindible de él. Lo escucho con una alegría tan exagerada que me hace pensar que sale el sol y que no estamos tan lejos. Conexión Montreal es el programa donde, todos los domingos, Carlos Liscano y Juan Pablo Jaimes presentan una selección temática de música de todas partes del mundo, de aquellos y de estos tiempos, y ofrecen sus comentarios más como amantes que como especialistas. Les gusta decir que Conexión Montreal va de sur a norte, pero ellos saben muy bien que los caraqueños estamos y nos escuchamos en todas partes del mundo.

12.5.10

Funkytown. Missing Madrid V


Hace un par de semanas encontré esta postal de Julien Charlon en una tienda de fotografía de la calle Argumosa, en Madrid. Empolvada y triste en un mostrador, junto a otra del bar Revuelta, que reza: La Revueta es necesaria para el mundo, pero bebe con moderación. Souvenirs raros de un barrio raro como Lavapiés.
Hubiese podido enviarlas por correo a Londres, escribiendo algo así:

From Lavapiés, with love
Emilú in the funkytown looking for diamonds

Las gemelas, como el bar Revuelta, son uno de los diamantes en bruto del vecindario que compartí unos cuantos años. Son tantos recuerdos que decidí regresar con las postales.
Pie de página
Hasta hace un momento no sabía que en 1980 el grupo español Parchís contaba con una versión en español del clásico Funkytown.

22.1.10

Llueve en Dark City


Después de llover tanto tiempo seguido en Londres sucede lo inevitable. Aquella costumbre que tenemos animales y hombres de adaptarnos al medio.

Un día empiezas a sentirte un poco salamandra, sapo o rana. Como los anfibios empiezas a tener dos vidas, casi con toda normalidad. Un ser semiterrestre en una ciudad semiacuática.

Autobús 88, con dirección a Camden Town

6.1.10

Roscón de Reyes. Missing Madrid IV


En España la fiesta no se ha terminado. Después del pavo relleno, los gambones, el vino, los polvorones, los turrones y todos los excesos de diciembre, hay algo más.

Hoy es un día más importante que la nochebuena y que la nochevieja. Es el Día de Reyes y, si me estuviera despertando en Madrid, habría un Roscón de Reyes sobre la mesa.

19.12.09

Lifestyle, on the road

Los portavoces de mi educación infantil me confundieron sobre la buena vida y el dinero. Unos me decían que las dos cosas eran inseparables. Otros, que las dos cosas eran distintas. Desde entonces he pensado que todos tenían razón, a su manera, esperando encontrar mi manera.

Durante mi primer verano en Madrid, con las vacas más flacas que nunca, tuve un amigo gitano y flamenco, que ensayaba en Amor de Dios. Una tarde, con más de 40º, me puse a echarle un vistazo a una de esas revistas Lifestyle, que alguien había dejado olvidada en la tienda. Beach wear, top nosh spas, hoteles en el paraíso, el mejor brunch del mediterráneo... Al salir del estudio, viéndome la cara de tristeza, a mi amigo no le faltaron muchas explicaciones para soltarme, formalmente, que para vivir lo único que hacía falta era tener arte.

He intentado darle forma a esa historia durante los siete años que han pasado. Ahora pienso que es posible otro concepto de Lifestyle, menos ortodoxo y más democrático que el de las revistas. Una interpretación personal de charming life. En otras palabras, una manera feliz de vivir en circunstancias adversas y poder decir: yo, con mi arte tengo.

Una de las definiciones de la palabra virtuosismo se refiere a la habilidad o facilidad para superar dificultades y evitar consecuencias negativas. A mi esta definición me hace recordar aquella historia de mi amigo, El Bocadillo, sobre todo cuando preparo el almuerzo para comer en el autobús.



Por cierto, en Londres hay muchos virtuosos porque comer fuera es caro, las distancias son largas, la gente tiene muchas cosas que hacer y el tiempo se va volando. Entonces, para vivir en Londres, sin arruinarse, es imprescindible aprender a comer casi cualquier cosa en cualquier parte y a cualquier hora. La primera fila, en el primer piso de los autobuses, es un lugar privilegiado.



10.12.09

Tieta, con impermeable


No importa si vas al supermercado de la esquina o mucho más lejos. No importa lo que dice el pronóstico de Weather.com o la BBC. No importa si antes de salir te asomaste por la ventana y viste el cielo despejado. Verano o invierno. Siempre puede llover en Londres.

El impermeable de Tieta es un regalo de la familia Melia+Bianco

13.11.09

Cazadores de almas en el olvido


El concepto de segunda mano, casi desconocido para mi antes de vivir en Londres. se resumía a unas pocas y viejas experiencias: el armario de mi tía Ernestina y el Mercado de los Corotos de Caracas. Ambos me sacaron del apuro, alguna vez, a la hora de encontrar un vestido diferente para una fiesta universitaria. Lo que significaba un vestido Diferente a los 20 años, en 1990 y en Caracas, es exactamente lo mismo que hoy llamamos, un fancy dress. Después de aquella etapa han pasado muchas otras en las que he pensando que el placer de estrenar ropa, ropa nueva, es algo insustituible, hasta que empecé a trabajar como voluntaria en una charity shop.

La tienda de Chelsea recibe a diario donaciones: ropa de mujer, hombre y niños, zapatos, juguetes, vajillas, manteles, cuadros, películas, discos, libros, joyas, etc. Principalmente, ropa. De todas las marcas. Desde Primark a Prada. También vintage. Los objetos se seleccionan, los zapatos se limpian y la ropa se alisa con vapor. Todo recibe un precio reducido. Aproximadamente, la tercera parte de su valor. Mi trabajo es poner en orden la tienda, vestir los maniquíes y cambiar la vitrina. Cuando puedo, me gusta poner precios a las cosas y estar en la caja. Hay un equipo de voluntarios, grande y grandioso, y una manager imparable.

Desde el 1 de junio, han pasado ya unas cuantas cosas por mis manos que me hubiese gustado comprar. Otras, que hubiese dejado de lado por imposibles, encuentran pronto un dueño. Y entre una cosa y otra, lo que más me gusta de este trabajo es estar con los clientes. Los que pasan revista en las estanterías y los percheros, a la misma hora cada día, con un fervor envidiable, buscando algo especial. Nos reconocemos, con una sonrisa. He ido viendo la alegría con la que encuentran vinilos, broches, acuarelas, teteras, pañuelos, libros... De vez en cuando suena la flauta, es un momento mágico. Una estrámbótica mantequillera antigua de porcelana británica amarilla, unos guantes de terciopelo azul con botones de perla, la primera edición de Great Expectations.

A la gente le gusta comprar en una tienda de segunda mano porque los precios son más bajos. Es una atractiva oportunidad la de comprar artículos costosos, con poco uso o en buenas condiciones, a un precio razonable. Es una actitud responsable con la propia economía o, a la antigua, una actitud ahorrativa. De todas maneras, la alta rotación que existe en una charity, a donde sólo llega una parte de los bienes de primera mano que se consumen, me hace pensar que sobre todo somos compradores. Ni compradores de primera ni de segunda mano, no haría divisiones.

Adicionalmente al factor ahorro, el sector de segunda mano tiene otros efectos secundarios: positivos, en este caso. Uno tiene que ver con el ambiente. Las donaciones se convierten en bienes con una segunda oportunidad antes de llegar al vertedero. El otro tiene que ver con la contribución que hacen los compradores a la organización que hay detrás, la cual trabaja en favor de los animales abandonados, la infancia explotada, el cáncer, las personas mayores o los pobres, por poner algunos ejemplos.

Visto así, ahorrar, contribuir en lo posible con el ambiente y ser solidario son factores suficientes para apoyar las bondades de una charity shop. Sin embargo, el factor sorpresa explica el por qué hay clientes que prefieren comprar una corbata retro de punto o una jarra de leche en forma de oveja. Ellos están buscando historias y fantasías ajenas, para revivirlas. Son cazadores de almas en el olvido.

16.6.09

Secretos de belleza. Missing Madrid III



Las chicas venezolanas tienen la capacidad de desarrollarse plenamente en el camino de la belleza. Parece que nacen aprendidas en la materia porque dominan el arte y las prácticas de la imagen personal con una destreza profesional. Para ser bellas, se someten con virtuosismo a todos los ritos necesarios e innecesarios, artificiales y naturales, técnicos y manuales, físicos y espirituales, interiores y exteriores. Aunque aparentemente la única finalidad de esta historia sea la seducción, la belleza tiene una importancia tan especial que no es sólo un medio. Se trata de una entrega genuina, sin concesiones ni omisiones, a lo largo de la vida, a un ejercicio independiente de elevación personal. Digan lo que digan, es un fin en sí mismo.

Una noche muy triste y ya muy tarde, a punto de presentar su tesis sobre Pascal en la UCV, Maytté me dijo que la solución contra el insomnio y los malos espíritus era echarme crema en las piernas. Aunque no le creyera era imposible no reconocer su autoridad, así que entré en acción en ese mismo momento. Sabia Maytté. Tenía razón, no sólo pude dormir sino que con el tiempo he llegado a controlar a los espíritus.

Mi caso es una excepción. Lo descubrí a los 15 años cuando se me hizo imposible caminar derecha con tacones delante de Nataly y otras amigas de secundaria. Todavía no sé pintarme el pelo y ellas se alargaban las pestañas con una pinza a los 13. Por supuesto, esto me convierte en una chica dependiente en el universo de la estética general y específicamente en el submundo peluquerías, etcétera. Probablemente haya un par de mis amigas con la misma incompetencia pero claramente no es la tendencia nacional.

Me costó muchos años encontrar en Madrid un lugar donde pudiera acostarme en una camilla, cerrar los ojos, entregarme confiada a una sesión de depilación de cejas y, en lugar de salir como el hombre elefante, salir contenta. Estética Molero está en la calle Amor de Dios. La dueña, Paloma, y unas chicas estupendas atienden a las mil maravillas. Cada vez que abro la puerta me dicen: ¿Qué tal, Emilú. Unas cejas? La última vez tampoco logré decirles que me había ido.
Afortunadamente la belleza tiene muchos caminos, como almas. Me pregunto si el futuro me deparará algo parecido en Londres.

22.5.09

Zorros en Londres

¿Qué es lo peor que nos puede pasar por la noche a Tieta y a mi? ¿Que nos persiga un zorro, verdad? Pues, eso exactamente fue lo que nos pasó anoche.

Los zorros de Londres son una leyenda urbana... A los zorros de Londres sólo los han visto aquellos que vuelven tarde a casa y en muy raras ocasiones ... ¡Ojala! En 2006 ya había en el centro de la ciudad más de 10.000 zorros, unos 16 por cada 2.5 km2, sólo que yo no lo sabía antes de llegar aquí.

Los zorros comenzaron a venir a Londres después de la II Guerra Mundial. Eran animales salvajes que cansados de la rutina que suponía una alimentación 100% natural, como conejos y gallinas, encontraron una fuente poderosa de nutrición y placer en la basura. Sus viajes desde el countryside a la ciudad dejaron con el tiempo de tener retorno. Lo que antes transcurría en la penumbra ahora ocurre a plena luz del día. Se pasean entre los coches, escarban en los jardínes y toman el sol, cuando sale. Es más, los complejos se han acabado y ya no huyen de la gente. Los zorros de ahora han nacido en la ciudad y, por lo tanto, son zorros urbanos. Alguna sociedad protectora dice que les sería imposible sobrevivir en la naturaleza y que, aunque viven muchos menos años (2 de 13 aprox.), su vida es mejor en la ciudad.

El zorro de la foto fue un residente habitual en el jardín que veo desde la ventana de mi habitación durante el mes pasado. Pero no es el único de la familia que ocupa el territorio. Hay otro al que se le ha caído el pelo completamente y que anoche nos persiguió a Tieta y a mi. Corrimos mucho y muy de prisa, mientras escuchaba detrás sus quejidos. Pasó un rato largo antes de que consiguiéramos aplacar al corazón detrás de la puerta.

Esta noche no he podido salir con Tieta porque todavía siento miedo y, aunque parezca mentira, pena.

8.2.09

El Alarcia. Missing Madrid II


Mientras mis amigos tomaban Polar en Caracas, yo tomaba cocacola o cuba libre, de acuerdo con la disposición anímica y presupuestaria. No me gustaba la cerveza para nada. Sin embargo, en Madrid las cosas cambiaron y descubrí el encanto que tiene tomarse una caña. Una cerveza muy fria en un vaso pequeñito. Ideal, no se calienta y la terminas rápido. Después de dar ese paso me di cuenta de que el tema del bar es fundamental. Para tomarse una cañita en condiciones hay que ir a un bar en condiciones.
Dicen que Madrid es una de las ciudades con más bares en el mundo, pero no todos los bares son iguales. Hay unos bares donde te sientes más cómodo que en otros, donde te tratan bien, donde las tapas son mejores, donde son majos los camareros. Vamos, que encontrar tu bar preferido es dar un paso adelante en el camino de encontrarse a uno mismo.
Además, el bar juega un papel muy importante en la vida cotidiana. Al menos así es en Madrid. Aunque no vayas todos los días y no te tomes más de un par de cañas cada vez, el bar tiene que estar situado en una posición estratégica. Mucho mejor si está entre el trabajo y la casa.
En mi paso largo por Lavapiés descubrí el Revuelta, del que tengo muy buenos recuerdos. En Goya, el Alarcia. Eusebio Alarcia es un "maestro tirador". Eso dicen los diplomas colgados de la pared y los clientes fieles que se reunen cada tarde en el bar. A nosotros nos saludó con cariño desde el primer día y allí nos quedamos para siempre. Si dejábamos de ir unas semanas, nos preguntaba si estaba todo bien. Cuando nos ponía 6 cañas, nos cobraba 4. Cada vez una tapa distinta: gambas, boquerones, mejillones y anchoas con aceitunas, en ese orden. Es muy fácil querer a una persona así e imposible olvidarla.

La ropa al sol. Missing Madrid I

No descubrí que me gustaba tender la ropa hasta que llegué a España. En Caracas, como la mayoría de la gente, tenía una secadora.
En Tenerife y luego en Madrid viví en casas con un patio como el de la foto y tender la ropa se convirtió en un placer insuperable, con respecto a otras tareas domésticas: el olor de la ropa recién lavada, el tacto de la ropa mojada, los ganchitos de madera, las banderas de colores que vas formando en la cuerda, el cuidado que pones para que la ropa no quede marcada en los lugares más visibles, la atención con que miras la ropa de tus vecinos completamente desconocidos y, por supuesto, la idea de que la ropa se seca al sol.
Debido a las circunstancias metereológicas y a las condiciones arquitectónicas, ahora tengo en casa un artilugio, más o menos práctico, llamado tendedero. Hay que hacer verdaderos milagros para distrubuir la ropa de una sola colada y tener fe para que se seque. Eso sí, tiene un poco de gracia porque es vertical, ya que uno horizontal, como los tendederos comúnes, ocuparía mucho más espacio y el espacio es un lujo.

1.10.08

Una chica baila en Caracas y aquí tiembla la tierra

El año sabático que decidí tomarme al venir a España se ha ido alargando y ya son más de seis años. Me ha pasado como pasa en Venezuela cuando tenemos un problema y se plantea una solución provisional. Me he acostumbrado a vivir en España.
Antes de venir dejé todas mis cosas amontonadas en un sótano. Un cargamento de casi cien cajas, maletas y bolsas. El scanner, el secador de pelo, mis sandalias favoritas, el diccionario de filosofía de Ferrater Mora y todos mis libros, cuadernos y libretitas, el edredón amarillo de Jaipur, mi almohada, el estuche de llevar la comida al trabajo, la licuadora, mi mesita de noche, la lámpara naranja de los 60, el baúl negro con la cerradura de bronce que trajo mi tía Ernestina cuando regresó de San Francisco a Caracas, el radio antiguo que me regaló Carlos Ortiz en El Silencio y paro de contar.
Como a quien se le pasa la hora de comer y deja de sentir hambre, yo he dejado con el tiempo de echar de menos mis cosas. Sin embargo, después de acostumbrarme a la segunda persona del plural, al horario, al cocido y al invierno, ha surgido algo inesperado.
Ángela, una amiga venezolana de la agencia donde trabajo, me ha pasado el link de un vídeo que ha hecho despertar en un momento toda mi nostalgia. Nostalgia como quien dice morriña o magua o saudade, o, como decimos en mi tierra, guayabo.
En Algo, de Los Paranoias, hay una chica que baila por Caracas. Una chica como fuimos nosotras en una ciudad que nos dio todo. Dos cosas que siempre echaremos de menos.
El vídeo: http://www.vimeo.com/1139006
Así de grande es la nostalgia que ya no veo el momento de ir a Caracas. No digo regresar. De momento sólo quiero ir.

14.5.08

Lost property. London (1/3)





El 10 de mayo cumplía 5 años en España y, ese mismo día, salí de casa al amanecer para ir a Londres. En Madrid el cielo estaba gris, llovía y hacía frío. Sorprendentemente, en Londres, el cielo estaba azul y hacía calor. Aunque se tratara de una de esas irónicas consecuencias del desastre climático, lo interpreté como una buena señal. Al llegar, me hice esta foto en un pequeño parque de Notting Hill.


Llegué con unas cuantas dudas y, no sé por qué, quería caminar por Charing Cross, por Chinatown, por Soho... Creo que la mejor manera que tengo para encontrar algo interesante es buscarlo en callecitas como esas.


Siempre tengo la sensación de que puedo orientarme mejor en el caos de las grandes ciudades, como si tuviera los mapas grabados en un cardio-gps particular. No me acuerdo de los nombres de las calles, pero voy como pez en el agua entre la inmensidad de la gente, las tiendas y el tráfico. Eso me ha pasado en NY y en Buenos Aires, y es probable que me pase también en el DF, en Sao Paulo o en Tokio, si alguna vez llego hasta allí. En cambio, en medio del campo me siento perdida (aunque la naturaleza no tenga la culpa de nada).

En oportunidades anteriores, no había ido a Londres con el próposito de buscar algo, como esta vez. A veces somos así de raros y creemos que todo está en orden. Sin embargo, el 10 de mayo necesitaba rumiar mis dudas por ahí. En silencio, sin guía y sin reloj.

Esta foto la hice en una tienda de Chinatown. Cuando vi esos guantes huérfanos inmediatamente recordé que la esperanza debe ser siempre lo último que se pierda.

17.7.07

Barcelona

Nada más me bajé en Sants y ya se notaba la diferencia: entre Barcelona y Madrid, dejando a un lado las consideraciones formales, la diferencia fundamental es la playa, sin lugar a dudas. ¡En Madrid no hay playa, vaya, vaya!
Una ciudad que gira en torno al mar, como Barcelona, es otra cosa. No se trata de una traición a mi pasión por el Caribe ni una de las trampas de la memoria. Atravesé La Barceloneta hacia la playa con taquicardia y eso es lo que cuenta.
Quizá lo más difícil de vivir en Madrid sea sobrevivir al verano. En invierno no me doy cuenta de que estoy atrapada en Castilla, por eso a partir de mayo lo único que quiero es llegar al mar.
Ahora que estoy de vuelta me imagino que Araya va a jugar esta tarde en la Playa del Ensanche. Me la imagino sonriendo con sus pañales acuáticos y mi estancia aquí en Castilla se diluye fácilmente.

Amén a la copa de cava que nos tomamos sus padres y yo en la terraza de La Pedrera, el sábado por la noche. Espero entrar en el dinámico periplo de la estirpe de Araya lo más pronto posible, no me quiero peder sus primeras palabras que están a punto de salir.

6.7.07

El Centro de Caracas

Mi lugar preferido de pequeña era el Centro de Caracas. No vivíamos allí pero Ernestina e Ismenia, las mujeres que me criaron, me llevaron todos sábados. Íbamos en autobús: uno grande, azul y blanco, por la Andrés Bello y la Urdaneta. Un sábado nos bajábamos del autobús en la joyería Arte Katino y otro en el correo de Carmelitas.
El paseo se trazaba fundamentalmente en tres ejes: la Plaza Bolívar, el Pasaje Zing y la Plaza El Venezolano.
En la Plaza de Bolívar ya había que hacer milagros para encontrarse a una pereza pero la buscábamos igual. Luego, un tour por la Catedral para dejar prendida una vela y otro por nuestro dorado personal: el edificio de La Francia, la joyería de las joyerías. Encontrarse con Dios y con el Diablo, en diagonal, tiene su gracia.
Al Pasaje Zing, un sitio moderno, precioso, con escaleras mecánicas de madera, íbamos de shopping. Aunque a veces no compráramos nada. Cuando conocí el centro comercial de las torres gemelas en Nueva York, me acordé del Pasaje Zing. Tienen un punto de comparación sólo en mi cabeza infantil, pero lo tienen. La meta era estar dentro de una tienda de ropa para mujeres y niñas, donde alguna que otra vez me compraban unos zapatos o un vestido, que yo misma podía elegir. Toda la ropa colgada estaba envuelta con un forro transparente y eso le daba un toque tradicional, típico del Centro de Caracas. Nunca he visto eso en otra parte.
La Plaza El Venezolano era el escenario principal de la gala. Allí estaban todas las piñaterías, donde empecé a soñar y a desear y donde me inicié como consumidora. Me gastaba los ahorros de la semana en baratijas de vaga definición. También estaba La Linda, una mercería donde buscábamos siempre algo: un hilo de color raro, una aguja para bordar, seis botones para una camisa, un par de broches para una falda, un cierre azul, un metro de liga blanca. De ahí pasábamos a la casa de Simón Bolívar y me decían: “sólo un paseo veloz, negrita” y eso hacía. Al final almorzábamos en La Atarraya, carne a la parrilla. A pesar de lo poco que yo comía entonces era la mejor comida del mundo y, por supuesto, el mejor restaurante.

Aquel paraíso ha terminado hace mucho. Caracas ha cambiado como es natural que pase en un país joven y revuelto. Ahora debe haber otro centro de Caracas. Por otra parte yo vivo aquí desde hace cuatro años y estoy muy lejos. Sin embargo, estoy segura de que descubrí en la infancia el secreto de la felicidad que consiste en la repetición de las pequeñas cosas, gracias a estas dos maravillosas mujeres.

15.3.07

Año 2030

En Madrid es muy fácil encontrarse en todas partes a señoras con más de sesenta años. Activas, y orgullosas en todas partes: los teatros, el cine, las tiendas, los bares, el metro. Yo siento mucha admiración por la vejez femenina y no es una extravagancia. Seguramente se debe a que vengo de una ciudad donde ellas son invisibles en la escena pública y a que me crié junto a una tía abuela maravillosa.
Desde hace mucho tiempo me imagino todas las cosas que haré a partir de los sesenta años. Los vestidos elegantes, las lentes de sol gigantes, el pelo de peluquería, el bolso a juego con los zapatos y el cinturón, las uñas pintadas, los talleres de arte y de tejido (estoy segura de que como yo muchas mujeres de mi generación llegaremos a los sesenta sin saber tejer), las citas de los viernes con mis amigas en el café, el viaje por Italia en autobús y la suerte de poder decir exactamente lo que pienso cuando quiero. Incluso he pensado varias veces en irme a vivir a una residencia.