11.9.11

Our Own Harvest

Mi conocimiento sobre agricultura se había quedado estancado muy atrás, en Caracas, en la época de los proyectos escolares de primaria, en los que nosotros, los alumnos, teníamos que crear unos germinadores, con frascos de vidrio, papel periódico y caraotas o judías negras.

Los pocos alumnos muy aplicados llevaban a clase un germinador nuevo y etiquetado cada semana, para que todos los demás tuviéramos la visión del "proceso" a la vez. En mi memoria ese proceso estaba congelado en el nacimiento de la planta y no tenía ninguna resolución. Es verdad que ya estaba más interesada en las ciencias sociales que en las naturales, pero nunca supe cómo terminaba esa película. Y si lo pienso mejor me parece que no era mi despiste la causa sino la falta de dirección general. Los germinadores se morían, poco después de nacer las plantas, al empezar a crecer.

Treinta años después, en Londres, una compañera lituana llega una mañana al trabajo con una planta de unos diez centímetros. Dice que es un tomate y, tengo que reconocer, la miro incrédula (¿tomate, eso?) e ingenua a la vez (¡tú sabrás mejor que yo, eso seguro!).

Entonces, en coro, seguimos sus instrucciones un par de meses. Una maceta mayor. Regar todos los días. Pasar a la ventana. Y así fue creció la planta más de un metro, y salieron unos tomates verdes enanos y luego más grandes y cada vez más rojos y después vino la ensalada capressa para compartir, con mozzarella de bufala, que compré en Tesco.

Frutos que había estado esperando.

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